Una cosa debería ser evidente, pero aparentemente no lo es: si esta fuera realmente nuestra naturaleza, estaríamos viviendo en el paraíso.
Si el dolor, la humillación, y las heridas físicas nos hicieran felices, estaríamos extasiadas.
Si ser vendida en las esquinas fuera divertido, las mujeres atascarían las esquinas en la manera en que los hombres atascan los partidos de fútbol.
Si el sexo forzado fuera lo que anhelamos, incluso ya estaríamos satisfechas.
Si ser dominadas por los hombres nos hiciera felices, sonreiríamos todo el tiempo.
Las mujeres se resisten a la dominación masculina porque no nos gusta.
Las mujeres políticas resisten la dominación masculina a través de rebelión manifiesta, grosera, e inconfundible. Se las llama antinaturales, porque no poseen un carácter que se deleite en el ser degradadas.
Las mujeres apolíticas resisten la dominación masculina a través de una serie de subversiones amargas, que abarcan el famoso dolor de cabeza, la epidemia de depresión clínica entre las mujeres, el suicidio, la tranquilización con drogas prescritas y el desquitarse con los hijos; a veces una mujer golpeada mata a su marido. Las mujeres apolíticas también son llamadas antinaturales, la acusación lanzada hacia ellas como desagradables o malhumorados o amargados individuos, ya que así es como se defienden. Ellas tampoco son felices al ser lastimadas o dominadas.
De hecho, una mujer natural es difícil de encontrar. Estamos domesticas, domadas, hechas obedientes en la superficie, a través de la fuerza masculina, no a través de la naturaleza. A veces hacemos lo que los hombres dicen que somos, ya sea porque les creemos o porque esperamos apaciguarlos. A veces intentamos convertirnos en lo que los hombres dicen que deberíamos ser, porque los hombres poseen poder sobre nuestras vidas.
Andrea Dworkin, Life and Death: Unapologetic Writings on the Continuing War Against Women
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