¿Pero que ocurre si eres una feminista que es pro-sexo en el sentido real de la palabra, pro aquella maravillosa, divertida y deliciosamente creativa fuerza que baña al cuerpo en deleite y placer, y de lo que estás en contra realmente es el sexo del porno? Una clase de sexo que es degradado, deshumanizado, formulario, y genérico, una clase de sexo basado no en la fantasía, juego, o imaginación individual, sino uno que es resultado de un producto industrial creado por aquellos que se excitan no por el contacto corporal sino por la penetración y las ganancias de mercado. ¿Dónde, entonces, entramos en la dicotomía pro-sexo, anti-sexo cuando pro-porno es igual a pro-sexo?
Para apreciar lo bizarro que es transformar una crítica de la pornografía en una crítica del sexo, piensa por un minuto si este fuera un libro que criticara a McDonald's por sus prácticas de trabajo de explotación, su destrucción del medio ambiente y su impacto en nuestra dieta y salud. ¿Acaso alguien acusaría al autor de ser anti-comer o anti-comida? Sospecho que la mayoría de los lectores separaría el producto de la industria (las hamburguesas) del acto de comer, entendiendo que la crítica está enfocada en el impacto a gran escala de la industria de la comida rápida y no en la necesidad humana de comer y el placer que la experiencia de comer aporta. Entonces, ¿por qué, cuando hablo sobre pornografía, es difícil para algunos entender que una puede ser una feminista que es desinhibidamente pro-sexo pero en contra de la mercantilización y la industrialización del deseo humano? La respuesta, por supuesto, es que los pornógrafos han hecho un increíble trabajo vendiendo su producto como si fuera todo sobre el sexo, y no sobre una singular versión construida del sexo que es desarrollada dentro de un entorno con fines de lucro.
Gail Dines, Pornland
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