El privilegio de belleza es bien real. Ninguno de nosotras lo imagina, pero si no nacemos ganadoras de la lotería genética, nuestra única opción es compensar con estilo, gracia, y encanto. Por supuesto, nada de esa mierda es barato. Esa es toda la cuestión. Todo esta destinado a ser aspiracional y excluyente. Se supone que debemos sentirnos deprimidas por nuestra piel, inquietas por nuestros cuerpos, y ansiosas sobre nuestra invisibilidad.
Aquella es la insidiosa sutileza del control social.
La peor parte es que sabemos en nuestras mentes racionales que es todo una estupidez, y aún así seguimos plagadas de desprecio a nosotras mismas cuando no podemos cumplir los inalcanzables estándares de belleza. No importa cuanta auto-aceptación logremos, aún podremos mirarnos al espejo e instantáneamente catalogar todas las cosas sobre nosotras mismas que creemos que no están a la altura. Es enloquecedor. Nos hace sentir hipócritas aunque no es nuestra hipocresía.
Aquella es la insidiosa sutileza del control social.
La peor parte es que sabemos en nuestras mentes racionales que es todo una estupidez, y aún así seguimos plagadas de desprecio a nosotras mismas cuando no podemos cumplir los inalcanzables estándares de belleza. No importa cuanta auto-aceptación logremos, aún podremos mirarnos al espejo e instantáneamente catalogar todas las cosas sobre nosotras mismas que creemos que no están a la altura. Es enloquecedor. Nos hace sentir hipócritas aunque no es nuestra hipocresía.
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