Desde este punto de vista, la violación es un crimen contra la propiedad, un “asunto entre varones”, que disputan el dominio sobre sus mujeres/territorio; que combaten entre sí para resguardar la herencia y la continuidad de la estirpe o imponer otra. Los victimarios, son varones, al igual que las víctimas, que son los varones cuyo honor ha sido mancillado, cuyas tierras han sido apropiadas, cuya sangre ha sido “contaminada”, cuya descendencia ha sido deslegitimada, a través de la violación de “sus” mujeres.
Con el desarrollo del capitalismo, y más tardíamente que el varón, la mujer se convirtió en ciudadana. La ciudadanía le otorgó, a la mujer, derechos y capacidades de las que, anteriormente, carecía, incluyendo el consentimiento. Aquello que sólo el patriarca podía decidir -el padre, mientras era soltera; el marido, cuando se casaba-, ahora corre por su cuenta. Desde ahora, la violencia sexual es su problema. Vestirse de tal o cual manera, recorrer tales o cuales sitios a tales o cuales horarios, tener o no tener determinadas conductas, la convierten en responsable de la violencia sexual de la que puede ser víctima.
Entonces, la sociedad capitalista patriarcal le reserva este doble mensaje a las mujeres: han conquistado su individualidad, su autonomía, su ciudadanía como esclavas asalariadas y como consumidoras; pero lo han hecho en el marco de un ordenamiento en el cual el dominio de las clases poseedoras de los medios de producción se entrelaza con el dominio interclasista de los varones sobre las mujeres. La violación adquiere, bajo estas condiciones, el carácter de una demostración de fuerzas, una certificación de quién tiene el poder.
Por eso, la violación no es sexo.
Es una demostración violenta de poder,
es control, es crueldad, es tortura.
-Andrea D'Atri, Y tu cabeza esta llena de ratas... (La Izquierda Diario, 11 de Agosto de 2016)
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