-Me parece extraño que necesite explicación. Los hombres han creado una industria de imágenes, móviles e inmóviles, que representan la tortura de mujeres. Yo soy una mujer. No me gusta ver la adoración virtual al sadismo contra las mujeres porque yo soy una mujer, y se trata de mi. Me ha pasado a mi. Me va a pasar a mi. Tengo que luchar contra una industria que alienta a los hombres a exteriorizar su agresión en las mujeres--sus "fantasías," como llaman tan eufemísticamente a aquellas aspiraciones. Y detesto que a todos lados que voy, la gente parece aceptar sin cuestionar esta falsa noción de libertad. ¿Libertad de hacer que hacia quien? ¿Libertad para torturarme? Eso no es libertad para mi. Detesto la idealización de la brutalidad hacia las mujeres donde sea que la encuentre, no solo en la pornografía, sino en películas artísticas de porquería, en libros artísticos de porquería, por sexólogos y filósofos. No importa donde esté. Simplemente me rehúso a pretender que no tiene nada que ver conmigo. Y eso me lleva a un terrible reconocimiento: si la pornografía es parte de la libertad masculina, entonces aquella libertad no es reconciliable con mi libertad. Si su libertad es torturar, entonces en esos términos mi libertad debe ser el ser torturada. Eso es desquiciado.
Andrea Dworkin, Letters From A War Zone.
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