martes, 26 de junio de 2018

No conocí a una sola mujer que se mirara al espejo y se reconociera, o se gustara enteramente, o se sintiera ella misma y feliz. Todas las mujeres somos separadas de nuestros cuerpos. Es el principal mecanismo del patriarcado para controlarnos y luego explotarnos.

Nos sentimos gordas, muy flacas, muy esto, muy de lo otro. Nunca nos sentimos nosotras. Intentamos ser la fantasía masculina de lo que "debe ser" un mujer. Posamos en fotos como si ellos nos estuvieran mirando, siempre, aunque no estén ahí. Ellos siempre están, siempre.

Dejamos de comer, comemos de más, nos operamos, nos tiramos pintura en la cara ("necesito arreglarme" como si hubiera algo que "arreglar" en nuestras caras), caminamos así, usamos un tono de voz, una forma de mirar, de pensar, que nunca es nuestra, aunque digamos que sí.

Y ahora vienen y nos dicen, quienes se proclaman feministas, que nuestros cuerpos no tienen nada que ver y que, además, cambiarlos sería la forma de liberarnos. El Patriarcado (es decir, los varones como clase) odian nuestros cuerpos: nuestras tetas, nuestras manos, nuestra vulva

Nos acostamos con ellos. Muchas de nosotras lo hacemos. Y cuando estamos con ellos, desnudas, seguimos viéndonos a través de sus ojos (¿Le caliento así? ¿Desde este ángulo se me verá la panza? Espero que no. Mejor hago esa pose que ví en el porno, sé que le gusta más eso...)

Tenemos la ¿dignidad? de decir que en realidad lo hacemos por nosotras, que ellos no tienen nada que ver. Que nos arrancamos los pelos con cera caliente simplemente por arte de magia, que ellos no son culpables, que en realidad somos nosotras la que lo deseamos...

El Feminismo Radical fue el único que supo abrirme los ojos, reconocer que no me reconozco en el espejo y tampoco reconozco a ninguna mujer a mi alrededor. Me hizo ver que estoy ciega. Y también muda. Si, muda. Las mujeres abrazamos el silencio durante toda nuestra vida.

Creo que el abuso sexual y la violación son la culminación de esta enajenación del cuerpo que sufrimos las mujeres. La violación nos quita eso que nos hace diferente de los demás animales: el habla. Nos volvemos mudas, perdemos las palabras para nombrar todo lo que nos pasó.

Cuando las mujeres le hablamos de lo que nos pasó a otras mujeres, creo yo, de alguna manera estamos rompiendo el pacto de silencio que nos enjaula en primera instancia. Poder poner en palabras la realidad material en la cual vivimos es el primer paso.

El Patriarcado Contemporáneo, que se nutre del mito de la libre elección individual de cada una, contrataca de muchas maneras. Y yo pienso que esta tendencia a silenciar las vivencias de los cuerpos de las hembras humanas en pos de los varones es una táctica que está funcionando.

Sueño con el día en que pueda mirarme al espejo y sentirme yo misma y sueño con el día en que con todas mis hermanas mujeres podamos hacerlo juntas y desterrar para siempre la concepción masculina que nos condena a ser, de una u otra manera, virtual o físicamente, sus sirvientas.

Y como clase que somos, como hembras humanas quiénes compartimos una experiencia y una relación en este mundo, sólo podemos confiar en nosotras. Ellos no van a regalarnoslo nunca. Van a engañarnos, robarnos y enterrarnos bajo mil metros de vergüenza.

Si pensamos que el patriarcado se va a "caer" por usar una x o cambiarle el nombre a un baño, estamos confundidas. El Patriarcado está vivo y mutando, como hizo siempre. Y nosotras, las proletarias de los proletarios, y las negras de los negros, seguimos ajenas a nosotras mismas.

Así que voy a seguir intentando, mirándome al espejo y diciéndome que mi cuerpo está bien así, que no necesita hormonas, que no necesita operaciones ni mutilación ni pintura para escapar de esta misoginia cotidiana. Negar nuestros cuerpos es negarnos a nosotras mismas.


Dina Weis (@raddbunny)

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